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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

8 sept. 2017

Cajón desastre II.



Como he dicho, cuando era niña era tímida, hablaba poco y muy justo, quizás por aquél entonces ya conocía el peso de las palabras, al igual que el de los actos.

Recuerdo estúpidamente como era hacer amigos. Los he tenido y sé cómo era. Casi puedo palpar mi primer desengaño en cuanto a una amistad, no entremos en detalles, sencillamente tuve una amiga que me utilizó hasta que encontró a alguien que, o bien molaba más, o bien era más fácil de manejar. Aún recuerdo mis lágrimas y como mi padre me dijo que era culpa mía, que no sabía conservar una amistad. Quizás pretendía que me dejara utilizar. Esa era la forma de conservar a los amigos según su punto de vista. Utiliza o se utilizado. No había más. Mi concepto de la amistad siempre ha sido o nefasto o fantasioso, sin que haya un punto medio que me haga valorarlo.

Son pequeñeces en mi cajón desastre, pero ahí están, viniendo a mi mente cada vez que quiero confiar en alguien, entonces pienso en la de veces que fui sustituida por alguien que valía más, por alguien que daba más. Aprendí pronto que dar más no lo es todo, tienes que dar lo que se supone que esperan de ti. Ni más ni menos.
Tus amigos no te quieren por quien eres, te quieren por lo que ofreces. Si te ajustas a sus gustos e ideas, los mantendrás a tu lado, si no te ajustas a ellos, sencillamente los perderás.
Es bonito pensar, y muchos no estaréis de acuerdo conmigo, que una amistad estará contigo en las buenas y en las malas, que aceptará de ti todo lo que tú eres pero no es así. Nunca lo es y si piensas lo contrario, pienso que te estás autoengañando.
Fíjate en tu grupo de amigos, seguramente sois todos iguales, con pequeñas variaciones pero todos iguales, no admitiríais a alguien diferente en vuestro grupo cerrado.

Son cosas que las personas hacen de forma inconsciente pero sobradamente interesada. Al menos, quiero pensar que es de forma inconsciente y que no hay detrás otra motivación, prefiero creer que no saben lo que hacen y que no se dan cuenta cuando te sustituyen o cuando pasan de ti por otra persona mejor o más “guay”.

No estoy concretando nada, cuento las cosas según salen del cajón desastre que es mi cabeza pero no pongo nombres, no hay apellidos, no hay un personaje con el que podáis empatizar salvo conmigo, y quizás no lo hagáis conmigo.
Podemos ponerle nombre, podemos hacerlo para empezar de una vez a vaciar este enorme cajón, dejarlo vacío, sin nada, porque no es bueno acumularlo, porque no lo necesitas para nada y porque necesitas avanzar.
Bien, empezaremos por Susana, la primera amiga que tuve y la primera que me hizo darme cuenta de lo fino que es el hilo de la amistad.

Susana era unos años mayor que yo, en realidad, yo era un renacuajo, os estoy hablando de finales de los ochenta, donde yo no contaba con más de 8 años.
Antes de eso, odiaba salir de casa y mis contactos en el colegio eran nulos, no, no era la niña que se iba a casa de otras niñas. Yo era la niña que siempre estaba sola, se llevaba bien con todo el mundo pero no lo suficiente para tener la típica amiguita con la que te ibas a su casa a jugar. Ni si quiera en el barrio, pasó mucho tiempo hasta que empecé a tener ese tipo de relación y aun así, desde muy pequeña las puñaladas volaban.


Pero estábamos con Susana, la primera niña de la que creí ser amiga. Susana era abierta y caía a todo el mundo bien, es curioso hablar de ella en pasado como si estuviera muerta, quizás lo esté, sinceramente no lo sé.

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