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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

8 abr. 2017

Las cuatro piedras malditas de Cartago.



Cuando se fundó la ciudad de Cartago en su sitio actual, en la cuadra donde hoy se levanta el edificio de los Tribunales de Justicia, vivió un mayoral encomendero que tenía muchos indígenas a su cargo. Entre estos indios se encontraba un brujo de una tribu dominada que siempre rechazó la pérdida de su libertad, religión y posesiones ante la llegada de los hispanos.

Por tal razón su capataz decidió mantenerlo en casa del encomendero, haciendo los peores trabajos de la casa, pero siempre bien vigilado para que no se escapara. En el solar de la casa sobresalían del suelo cuatro piedras que las indias encargadas de lavar utilizaban para tender ropa.

Harto de tanto sufrimiento, el brujo reunió todos los ingredientes de la peor de sus hechicerías y en medio de las cuatro piedras, durante el equinoccio de la primavera a media noche, llamó al dios de las tinieblas para que se lo llevara al mundo de la oscuridad en busca de su libertad y apagar sus odios, soltando el corcel de la venganza contra el hombre blanco.

Esa noche, Los vecinos de Cartago escucharon un retumbo seguido de un grito largo que rasgó el silencio de la noche. Al día siguiente, las lavanderas de la casa, asustadas, fueron en busca de sus amos.
Las cuatro piedras estaban desenterradas, como si algo las hubiera levantado, pues no había herramientas por ningún lado. Esto obligó al encomendero a notificar al alcalde de la ciudad, creyendo que el indio rebelde se había fugado, pero jamás se tuvo noticias de su paradero.

La esposa del mayoral llamó al cura de la ciudad, quien bendijo todas las esquinas de la propiedad para apaciguar el terror de la dama.

A partir del aquel día, una mala racha cayó sobre quien viviera en la propiedad.

El encomendero perdió sus indios en una epidemia de influenza y al verse arruinado, vendió la propiedad. Los nuevos inquilinos corrieron igual suerte, hasta que una propietaria decidió donar parte de la propiedad con el fin de levantar una iglesia en honor de la Virgen de la Soledad.

Los constructores de la iglesia, al conocer la historia, enterraron las piedras debajo del altar de la nueva edificación, en línea recta, para apaciguar el espíritu del mal, ya que María majó la cabeza del demonio. Antes de enterrarlas, bautizaron las piedras con los nombres de Sagua, Gona, Petrona y Vilva, sin dar razones del porqué de esos nombres.

Después de construida la iglesia, los habitantes de Cartago olvidaron el oscuro episodio, hasta que la edificación fue destruida por el terremoto de 1910, quedando las piedras enterradas. La propiedad se utilizó para construir, por un tiempo, el Hospital de Cartago, pero fue necesario cambiarlo a otro lugar. Más adelante, la propiedad se convirtió en la famosa plaza de la Soledad, donde se celebraron las fiestas agostinas y otras actividades durante muchos años.

Al construirse los actuales Tribunales de Justicia, los constructores desenterraron las piedras y decidieron colocarlas en la esquina sur-este del cuadrante, como detalle decorativo del jardín que rodea el edificio de los Tribunales.

La maldición cambia toda acción que se haga en medio y cerca de las piedras hacia el lado negativo, pero nunca algo negativo se convertirá en positivo. Si una pareja de novios se besa tocando alguna de estas piedras, jamás llegarán a algo formal y bueno. Si es cosa de negocios, no hay capital resistente porque la inversión será desastrosa.

El brujo se dio cuenta de la ambición y débil amistad del hombre blanco. Por lo tanto, clavó su puñal de venganza que ha llegado hasta nuestros días.

Se rumora que vecinos cercanos a las piedras se han quejado de malas vibraciones, pero esto es muy difícil de probar. Hasta aquí la historia de las cuatro piedras malditas de Cartago.


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