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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

18 ene. 2016

El resentido.



Miraba una y otra vez las palabras que ella había escrito y la ira impregnó cada poro de su piel. Siempre había pensado que ella era y sería suya, suya para siempre. Ella no tenía derecho a rehacer su vida, no tenía derecho a ser feliz ni a estar con otras personas. Sólo podía ser feliz con él y si no era así, él mismo se encargaría de que así fuera.

Como cualquier posesión, duele dársela a otro, la única diferencia es que él no lo iba a permitir o, al menos, no lo iba a poner fácil.

La conocía, la conocía perfectamente así que sabía que armas usar y que decir para hacerle daño. Sonrió, escribiría lo justo y necesario para que ella se sintiera tan mal y tan hundida que conseguiría que hiciera el trabajo por él.

Empezó a escribir emocionado, buscando cada recoveco, cada palabra que pudiera dañar lo más profundo del alma de ella. Terminó pero faltaba algo. Se le escapó una pequeña carcajada, añadió una pequeña sugerencia...

"Se valiente y ten personalidad, suícidate"
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Estaba tranquilamente pensando que por fin se había librado de aquél chico, ese chico infantil y pequeño que nunca tuvo control de su vida, aquél que sentía envidia de todo el mundo, el que se había inventado una personalidad que no había podido sostener.
Podía sentir pena por él y la sentía, era un chico que estaba solo y al que nadie podría querer.

Un aviso llegó a su correo. Un correo de él.

Empezó a leer, leyó cada línea con atención. Suspiró. Contestó diciendo aquello que seguro que el querría leer. Lo borró.

El correo de un resentido.

Siguió con lo suyo y sonrió, se había librado de algo, ya no sentía pena por él.

"Por fin me he librado de ti"




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