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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

3 jun. 2014

Desde mi cielo.


Esta foto la tomé el domingo cuando saqué a pasear a mis perros. Me fui bastante lejos, al campo y me senté al lado de un árbol mientras mis perros corrían de aquí para allá sin descanso.
Mirando el cielo mientras sacaba las fotos pensé en algo. 
Pensé en toda la gente que he conocido en mi vida y que jamás ha calado en mí, en lo triste que es compartir años de amistad o relación con alguien y olvidarle en tan sólo un par de días. 
Es mi mundo dejo entrar a todo aquel que quiera, le dejo quedarse y ponerse cómodo, cuando decide irse cierro la puerta y sigo con mi vida, su recuerdo nunca permanece en mí, tampoco me despierta ningún tipo de sentimiento. Es triste, bastante triste.
Desde que era una niña he sido así aunque siempre he intentado con todas mis fuerzas sentir algo. Pero estoy vacía, totalmente vacía. Incluso para mí misma, para analizarme, para reflexionar, mis muros interiores están demasiado bien construidos incluso para mí. 
Con los años más me cierro y más me cuesta. Incluso cuando alguien me interesa pongo ante mí un muro. De ahí no pasará nada, nunca sentiré nada, sencillamente porque no quiero sentirlo.
La ventaja es que las personas no insisten y eso es genial. A veces lo es, otras veces, siento auténtico pánico de que alguien se acerque lo suficiente como para hacerme sentir algo, me da miedo.
Y es que dentro de mí hay dos personas. La que lucha y da la cara, la que nunca se rinde, la que siempre sonríe, la que busca soluciones y siempre mira hacía delante. La que tiene esperanzas que la mantienen viva.
Luego está la otra, la callada, tímida e insegura pero también la que más siente, esa siempre está callada. La mantengo sumisa porque sería demasiado duro para mí dejarla salir.
Y siempre siento que vivo en otro mundo, que no hay nadie parecido a mí, entonces miro al cielo y pienso "Vivo en un cielo diferente al del resto del mundo"


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