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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

13 ene. 2013

Luna Roja


-          ¿Has oído las noticias? – Dijo Beatriz mirando a su amiga mientras seguía comiéndose un helado de chocolate que había comprado en la tienda de la esquina.
-          ¿Te refieres a la luna roja? – Dijo Madeleine con cara de fastidio.
-          Sí, es un fenómeno que sucede cada diez años, nunca hemos tenido edad para que nos afecte pero esta luna roja nos afectará – Beatriz tenía una expresión entre divertida y pícara.
-          La luna roja sólo  te afecta si tienes algún tipo de relación, yo soy soltera, dudo que me afecte – Dijo Madeleine sin dejar de mirar al frente
-          Bueno... Tú dejaste una relación hace poco... – Dijo Beatriz escudriñando el rostro de Madeleine.
-          ¿En serio crees que un fenómeno astral puede modificar tu conducta y volverte una persona llena de deseo y sedienta de sexo? – El tono de Madeleine era sarcasmo puro.
-          Está demostrado Madeleine, la luna roja afecta a los hombres y mujeres que ya han pasado el desarrollo – Beatriz se paró frente a la puerta de su casa y sacó las llaves – Bueno, yo ya he llegado, pasa buena noche y ten cuidado con la luna roja – Beatriz le guiñó un ojo y se introdujo en su portal.
Madeleine estuvo andando hasta casi llegada la noche, la gente llevaba semanas hablando de la luna roja, el famoso fenómeno astral que conseguía despertar los más salvajes deseos sexuales en las personas. Ella no estaba preocupada, no sentía ningún tipo de deseo por nadie.
La noche calló y la luna roja empezó a hacer su aparición, Madeleine notaba cómo un calor abrasador subía desde su entrepierna hasta su pecho, la respiración se le entrecortaba y el rubor llenaba sus mejillas. En un segundo a su mente vino un recuerdo “Él”
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Dean caminaba por las calles bajo la luna roja, sudaba, notaba su piel caliente, ardiente bajo la ropa. Su pene erecto hasta causar dolor imploraba encontrarla. La deseaba. Debía tomarla. La necesitaba a ´”Ella”.
Sin apenas pensar había salido de su casa para dirigirse a buscar a Madeleine, no sabía que le diría, no sabía que haría pero sí sabía que quería poseerla sin descanso durante toda la noche.
Cruzó la calle y se encontró ante su portal, llamó al timbre y esperó.
-          ¿Sí? – La voz de Madeleine golpeó el pecho de Anthony volviendo el deseo más fuerte.
-          Madeleine... Soy Dean... – Su voz sonaba quebrada por el deseo, como si le costase articular las palabras.
Al otro lado sólo se oyó el silencio, Anthony estaba dispuesto a tirar la puerta abajo si ella no le abría, la necesitaba, necesitaba verla, oler su pelo, sentir su fragancia, pasar sus manos por la delicada y suave piel de ella... Pensar en ella le hacía estremecer.
El timbre sonó y la puerta de abrió. Dean subió las escaleras de dos en dos corriendo deseándola a cada paso más y más.
La encontró apoyada en la puerta, vestida tan solo con un pequeño camisón negro que dejaba entrever sus pequeños pechos y la curvatura de su cintura.
Se lanzó sobre ella, la abrazó con fuerza y cerró la puerta tras él. Pasó su mano por la cintura de ella y la apoyó contra la pared, hundió su nariz en su pelo y aspiró, el suave perfume que inhaló le volvió loco de éxtasis, levantó la mirada y le besó.
Recorrió sus labios con su lengua, primero con suavidad y luego más salvajemente, mordió levemente su labio inferior y tiró de él hacía sí.  Ella no dejaba de gemir y él notaba como su excitación crecía sin control.
Subió sus manos hasta los tirantes del pequeño camisón y partió este en dos dejando a Madeleine completamente desnuda frente a él. La sola visión de su cuerpo pequeño y desnudo le provocó que su pene endureciera aún más provocándole un leve dolor.
Se bajó los pantalones mientras la miraba a los ojos, agarró sus piernas con firmeza y las puso alrededor de su cintura. Sus manos acariciaban sin descanso sus caderas y sus labios besaban con dureza y pasión los de Madeleine. La apoyó bien contra la pared, cogió su pene erecto con su mano y se la introdujo de un solo movimiento y con rudeza a Madeleine que lanzó un gemido de placer que indicaba que no le importaba que fuera rudo, no le importaba porque le deseaba tanto como él a ella.
Madeleine le abrazó fuerte contra sí mientras seguía besando sus labios y dándole pequeños mordiscos. Dean seguía moviéndose rítmicamente subiendo y bajando sin dejar de acariciarla y de saborear sus labios. Madeleine gemía sin control deseando más y más, disfrutando cada una de las embestidas. Se retorcía de placer mientras sentía como el pene de Dean le penetraba con fuerza matándola de placer.
Dean la cogió bien en brazos y la tumbó sobre el suelo. El frío de las baldosas contrarrestaba con el calor de sus cuerpos produciendo una sensación de placer indescriptible para ambos.
Una vez tumbada en el suelo cogió sus brazos y los puso encima de su cabeza mientras no dejaba de mirarla con deseo a los ojos. Cogió las muñecas de ella con sus manos para que no pudiera moverse y la embistió. Madeleine enroscó sus piernas alrededor de él y le atrajo hacía ella. Los gemidos retumbaban en la casa rompiendo el silencio de la noche.
Dean no podía ni quería parar, estaba ciego de deseo, no podía ver nada más que no fuera ella.
Madeleine gimió con más fuerza y un pequeño grito de placer escapó de sus labios mientras la azotaban unas pequeñas convulsiones típicas del orgasmo. La visión de Madeleine rota de placer pudo volvió loco a Dean.
Se levantó liberándola durante un instante, el tiempo necesario para darle la vuelta y ponerla de espaldas a él. La penetró analmente con fuerza sintiendo su miembro duro y erecto dentro de ella, la presión que notaba en su interior, junto con el calor que emanaba de ella le provocó una eyaculación abundante. Sacó su pene y se corrió sobre su espalda, llenando el cuerpo de Madeleine de semen.
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-          Pues tenías razón Madeleine la luna roja es un cuento chino, no noté nada especial ni diferente ayer – Dijo Beatriz totalmente fastidiada.
-          Ya te lo dije, cuentos y leyendas, historias para no dormir – Dijo Madeleine sonriendo
-          ¿Y a ti que te pasa? Estás radiante hoy – Dijo Beatriz mirando a su amiga con asombro.
-          Nada, he pasado una buena noche eso es todo.
Madeleine aún retenía el olor de Anthony en su piel, sí la luna roja le había proporcionado la mejor noche de sexo de su vida y entonces comprendió algo, Dean sólo servía para eso, para una noche de sexo. En realidad, era para lo único que servía cualquier hombre. Eso es lo que la luna roja le enseñó y esa sería su nueva forma de vida.

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