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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

8 dic. 2011

Lobo

Estaba  oscuro. Completamente en calma. Sólo una tenue luz de  la luna llena. Caminaba perdida en la noche, oyendo cada uno de los ruidos que anidaban en el bosque. Tenía miedo sí pero jamás lo reconocería, ella era valiente, ella era fuerte.
Seguía avanzando por el bosque, llena de miedo, de angustia. Tenía hambre, pero sobretodo, tenía tanto frío...
Cada vez más cansada, más temerosa, más dolorida. Casi no podía andar, demasiados obstáculos en su camino, demasiados ríos que cruzar, trampas que evitar. Tenía que estar despierta. Tenía que llegar a su destino.
Oye un gruñido a su espalda. Tiene miedo no quiere volverse. Con el corazón en un puño y temblando de terror, se gira con los ojos cerrados... no quiere ver que hay ahí. Abre poco a poco sus ojos: unos ojos negros como la noche. Mira al otro lado, donde se posa sobre una roca un lobo. Sus ojos se cruzan con los ojos de ese hermoso lobo gris de ojos plateados cómo la luz que les ilumina.
Sabe que no debe acercarse, le hará daño. Pero se siente atraída por él. Siente una mezcla de miedo y curiosidad.
Finalmente, llega  a donde se encuentra el lobo, se miran. No puede evitarlo, quiere hundir sus dedos en ese hermoso pelaje, le acaricia con suavidad. Al principio el lobo se muestra desconfiado y a ratos agresivo, luego se deja llevar por las caricias de ella. Tiene tanto frío... se acurruca junto a él, él le deja hacer. Ese lobo está tan temeroso y tan dolorido como ella.
Y acurrucados en la noche, con la luna plateada iluminándoles, firmaron un pacto donde no hacen falta palabras.

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