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YA NO ESPERO A QUE PASE LA TORMENTA, APRENDÍ A CAMINAR BAJO LA LLUVIA

21 nov. 2017

Cajón desastre.

No fue la única y tranquilos, esto es el principio, así que os contaré más, estoy aquí para contarlo todo. Para hablar de Lucía, de Elisa, de Marta, de Laura, de las gemelas... todas tuvieron su papel protagonista en esta obra llamada mi vida y todas contribuyeron a que las cosas más grandes pasaran porque los granos de arena crean montañas y ellas fueron esos granos de arena sin sentimientos que me hicieron una niña demasiado pequeña para estar tan dolida.

¿De quién vamos a hablar ahora? Creo que es justo hacerlo de Lucía, la pequeña Lucía, todos se metían con ella, decían que parecía una abuela de 9 años. Yo nunca lo hice, jamás me metía con nadie, como os he dicho yo me llevaba bien con todos pero no fue hasta esa edad que empecé a tener algo que llaman amigos y que yo llamo gente interesada.

Lucía vivía lejos pero la casa de su abuela estaba al lado de la mía, y ella pasaba muchas horas e incluso días con su abuela. Así que me convertí en la amiguita que va a casa de otras amiguitas a jugar.

Todo podría parecer ideal pero también sabemos cómo las gastan algunos niños. Hay personas que nacen con facilidades y otras nacen llenas de dificultades, creo que ese es mi caso, que mi vida ha sido una sucesión de catastróficas desdichas. Una vez más me estoy yendo de línea, mejor seguimos con Lucía.
Con Lucía se metía todo el mundo, a ella parecía darle igual y tenía la suficiente malicia para defenderse de forma brutal contra los ataques. No me hice amiga de ella por eso, la amistad surgió porque sí, de la nada. A mí me daba igual juntarme con unos que con otros, como he dicho antes, me venía bien cualquier persona.

Lucía venía a mi casa y yo iba a la suya, estuvimos así un par de meses, no se podía decir que éramos amigas, no nos contábamos nada, era más bien Lucia contando sus cosas y sus críticas mientras yo asentía.
Yo era de las pocas niñas que ya tenía una paga, una buena paga, y mi amiga lo sabía bien. Todos los días le invitaba a un helado de chocolate a la salida del colegio y eso se convirtió en tradición, nunca he sido alguien apegado al dinero, al menos en aquella época, en la actualidad es diferente, pero en la actualidad tengo 34 años y estoy al límite del fracaso más total y absoluto.

Pero aún no hemos llegado a eso, estamos con Lucia, aparte del helado yo me compraba unas chucherías que guardaba en un escondite en el coche de mis padres. Nunca se lo había dicho a nadie que escondía las cosas ahí. Sin embargo, me pareció buena idea decírselo a ella.
Me veo a mí misma, inocente y tonta de mí guardando las chucherías delante de ella y presumiendo de que era un escondite perfecto que nunca nadie averiguaría. Hubiera seguido así de no ser por ella.
En un determinado momento yo guardé las chuches y seguí mi camino hacía casa, si el coche estaba en la calle, ella me siguió y estuvo en mi casa haciendo los deberes hasta que fue de noche y se tenía que ir a casa de su abuela.
A los cinco minutos, o quizás diez, quién sabe, en la mente de un niño el tiempo corre de forma diferente a cuando eres adulto. La cuestión es que bajé a la calle, me dirigí al coche y adivinad qué, sí, las chucherías habían desaparecido.
Era tal mi inocencia que pensé que yo lo habría puesto en otro sitio, que me lo habría comido y no lo recordaba, lo que fuera menos aceptar la verdad, mi amiga Lucia me las había robado.

Hasta tal punto era mi negación que volví a dejar una vez más las chuches en el mismo sitio, y de nuevo desparecieron, con Lucía de nuevo en escena. Ya no podía negarlo, me había robado.

Quizás pensó que me lo merecía por presumir, quizás pensó que daba igual porque tenía una buena paga semanal.


14 nov. 2017

Al otro lado de la línea.



Cuentan que aquella enorme casa de la colina no ha sido comprada o alquilada en muchos años. No, no es una cuestión de precios, lo que ocurre es que muchos saben lo que ocurrió allí. Una historia amarga que ha corrido de boca en boca y que es básicamente la siguiente:

Era un matrimonio con tres hijos, un matrimonio de gente ocupada e importante; personas con muchos compromisos sociales, políticos o algo así. El punto es que, cuando salían a sus reuniones, dejaban a sus hijos con una chica de la urbanización a la que venían contratando desde cierto tiempo atrás.

La muchacha, que según se cuenta era muy guapa, era una de esas chicas alocadas, felices y algo despreocupadas. No obstante siempre había cuidado bien de los chicos. Así, esa noche jugó un rato con ellos y después de dormirlos fue a la cocina, se hizo unas palomitas y se recostó a ver alguna película en la televisión con el volumen alto.

Pasados algunos minutos el teléfono sonó:

—Buenas noches, ¿con quién desea hablar?

—…
—Hola, ¿me escucha?…¿hola?

Siguió intentando obtener respuestas pero a duras penas podía escuchar una respiración y una especie de risa contenida de fondo; así que, irritada, cerró el teléfono con brusquedad y continúo viendo la televisión. ¿Quién sería?: ¿algún idiota sin nada que hacer?, ¿un amigo suyo?, ¿un pervertido?…En todo caso sería mejor ignorar a quien sea que estuviese fastidiando al otro lado de la línea.

Pero una y otra vez seguía sonando el teléfono y aquella risa de fondo se repetía, cada vez colgaba más rápido e incluso pensó en desenchufar la línea, pero no podía hacerlo, los padres de los niños le habían dejado bien claro que en todo momento debía estar atenta a sus llamadas. Muerta de miedo y perdiendo su paciencia, llamó a una operadora de la Policía. Algo andaba mal con esas risitas contenidas y ella debía saber qué diablos estaba ocurriendo.

Para su suerte la operadora, lejos de reírse, le dijo que habían introducido una derivación de su línea en la central y todo lo que ella tenía que hacer era entretener al desconocido para que en la central tuvieran tiempo de localizarlo.

Quince minutos después el teléfono sonó otra vez… ¿Sería él? En efecto, solo que esta vez ya no estaba la risita contenida de fondo sino una carcajada histérica, sádica, parecida a esas que a veces muestran las películas de terror de Hollywood.

—¡Pare de reír!…¡¿Qué le he hecho yo?!, ¡¿Por qué me hace esto?! —dijo nerviosa, irritada y con la voz al borde del llanto.

Nada, el hombre no hacía más que reírse cruelmente, con más histeria a medida que aumentaban las suplicas y la desesperación de la muchacha. No le quedó más que colgar, después de lo cual intentó en vano calmarse.

Finalmente, apenas unos cinco minutos más tarde el teléfono sonó otra vez. Esta vez los nervios fueron tales que sintió como el corazón luchaba por salírsele del pecho. “No contestes, no contestes”, se dijo a sí misma aunque no pudo resistirse y contestó:

—Habla la Policía. ¡Salga inmediatamente de la vivienda! Las llamadas que recibía vienen de la otra línea de la casa en que está. Hemos mandado una patrulla, ¡salga ya!

El teléfono se le cayó de las manos y gotas de frío sudor resbalaban por su frente empalidecida por el susto. Quería correr pero sus piernas no respondían, sólo temblaban y temblaban…

Cuando respondieron echó a correr con desesperación hacia la escalera para recoger a los niños que estaban en la planta de arriba, pero antes de subir, aquella misma carcajada sádica la detuvo en seco. Al mirar al final de las escaleras, junto a la puerta del cuarto de los niños estaba un hombre alto, de frente amplia y cabello rizado y gris. Estaba vestido con un mono blanco como el de los pintores, pero estaba lleno de manchas rojas y en su mano derecha el hombre sostenía un enorme cuchillo ensangrentado.

El terror que sintió fue tal que quiso gritar y no pudo, se tropezó mientras intentaba llegar a la puerta de salida y, una vez que estuvo enfrente, intentó una y otra vez abrirla pero las manos le temblaban tanto que la llave se le caía o ella la metía mal. Mientras esa horrenda carcajada de fondo, sonando cada vez más fuerte a medida que el asesino se acercaba con una lentitud tan extrema como cruel y premeditada.

Gracias a Dios consiguió por fin abrir la puerta y tuvo la suerte de que a pocas calles estaba en camino un coche de la policía. Corriendo, se alejó unos cincuenta metros de la casa viendo con asombro como el asesino no la seguía. La Policía entró en la casa pero nunca encontraron al hombre, que probablemente escapara por alguna ventana; pero, lo que aquellos agentes vieron ese día en el cuarto de los niños les marcaría por el resto de sus vidas.

Las paredes estaban cubiertas de manchas de sangre, había tripas y vísceras esparcidas por el suelo, las tres cabezas de los chicos estaban sin ojos y separadas de los cuerpos y, junto a otras atrocidades de la escena del crimen, se habían encontrado unos pañuelos que a modo de mordaza habían impedido que los gritos de sus víctimas sonaran en toda la calle. La niñera al estar viendo la televisión con el volumen muy alto nunca escuchó nada y el psicópata aprovechaba los pequeños “descansos” mientra torturaba y asesinaba a los niños para llamarla por teléfono y reírse de el hecho de que a escasos metros estaba acabando con la vida de los pequeños que ella debía cuidar.


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